Monseñor Hugolino Cerasuolo. Parte II


Monseñor Hugolino Cerasuolo. Parte II
Cuando murió mi papá, toda la estructura económica de la familia sufrió un horrible colapso; mi mamá era buena para tener hijos y atenderlos, pero nunca se metió en los negocios de su marido. Eso nos llevó a una pobreza total. Recuerdo muy bien que para tener algunos “cachuelos”, mis hermanos robaban la energía eléctrica del poste próximo a la casa, observando que no estuvieran rondando los inspectores de EMELEC.


MIS HERMANOS.

Mi hermano Felipe Peragallo Stacey,  un hombre muy serio, se hizo cargo del taller, cuando apenas tendría unos 17 años. Tomó en serio su profesión de ebanista. Era un verdadero maestro. Fue el segundo hijo del primer matrimonio de mi mamá, ya que la primera fue mi hermana Ida Peragallo Stacey, quien no vivió con nosotros, pues se hizo cargo de ella la familia Bellolio, no sé por qué razones; cuando tenía más o menos 25 años, se fue a Nueva York, de donde vino una vez a visitarme. Murió hace aproximadamente diez años.
Felipe era un hombre muy de casa, amoroso con su madre y con sus hermanos menores. Estudiaba privadamente las matemáticas para aplicarlas a su trabajo. El negociaba las obras que le mandaban a hacer. Cuando llego a ser adulto, cambió en su modo de comportarse. Las mujeres influyeron mucho en él, negativamente. Empezó a tener hijos por fuera. Cambió mucho con mi mamá y con nosotros.
En edad, a Felipe le seguía Manuel Antonio Peragallo Stacey, un hombre carismático, muy cariñoso. Siendo un adolescente, se hizo aventurero. Desaparecía de la casa y se iba sólo o con sus amigos a recorrer nuevas tierras. Era bastante frío en las relaciones con mi madre que era también suya. Tenía una gran intuición médica, pero lastimosamente no estudió medicina, que era su verdadera vocación. Un día, cuando estaban cambiando el entablado de nuestra casa, me caí desde el segundo piso, sobre una de las enormes máquinas con que contaba nuestra ebanistería, la que felizmente estaba cubierta por unas planchas de zinc. Me quedé sin movimiento. Mi maravilloso hermano me compró un pastel, para distraerme, me dio masajes y al final, sorpresivamente, me dio un estirón, y ¡santo remedio…! ¡a seguir jugando! Mi hermano leía, se preparaba; era un autodidacta. Gozaba curando a la gente con total desinterés.
Manuelito –así lo llamábamos todos- desapareció de la casa. Se había ido a Salinas. Después de algunos meses regresó arriando algunos chivos y muchas cosas más.  Después de algunos años se fue a dirigir una hacienda cerca de Balzar. Los campesinos iban a buscarlo en canoa a su casa. Mi hermano no era médico; sin embargo, los curaba de las picaduras de serpientes, de vómitos, de diarreas, sin jamás cobrarles nada. La verdad, era un hombre de caridad extraordinaria. La gente lo quería enormemente, lo que hizo que engendrara algunos hijos.
Muchos días no teníamos qué comer. Manuelito, al percatarse de la situación,  se ponía su pantalón de baño para irse al Estero Salado, a escasos doscientos o trescientos metros de mi  casa; allí pescaba lisas, corvinas, camarones, cangrejos, y otros mariscos, que terminaban en un gran banquete que saciaba nuestra hambre.
Mi hermana de padre y madre es María Trifomena “Engracia” Cerasuolo Stacey, un año y medio mayor a mí. Desde siempre fue un alma angelical. Tenía rasgos de una nobleza muy profunda. Fue un alma muy pura, piadosa, obediente; se distinguió por su capacidad intelectual: fue brillante en sus estudios. Era una excelente recitadora que hacía las delicias en las reuniones de familia No sé muy bien lo que pasó: se le formó en una de sus piernas una llaga que no se curaba y que amenazaba en gangrenarse. Mi Mamá resolvió que se fuera a Riobamba, a casa de una de sus hermanas. Allí le curaron con medicinas ancestrales de los indígenas. Volvió a casa al cabo de un año, completamente restablecida.
Nos queríamos entrañablemente con mi hermana Marujita; ella era la “guinga” y yo el “guingo” (por decir la gringa, el gringo), ya que éramos rubios, aunque yo tenía un pelo lacio que parecían hilos de cabuya. Mi madrina Doña Elena Tour de Cox me ponía naranjilla para domar la rebeldía de mi cabello. De ahí que me gritaban en el barrio: - ¡Eh, naranjilla! -.
Yo generalmente iba descalzo, con ropa vieja y remendada. Un día, la profesora del Asilo Sotomayor y Luna nos quería examinar para ver si estábamos bañados y con ropa limpia, si llevábamos ropa interior bien lavada; pero, yo era tan pobre que no tenía calzoncillos (la profesora me quedó mirando a los ojos, lleno de miedo, que se le humedecieron los ojos). Éramos de una pobreza solemne. Después de haber tenido todo y en abundancia, con la muerte de mi padre, llegamos a ser extraordinariamente pobres. Pero el amor que nos daba mi mamá lo compensaba todo. Me tocó una infancia llena de carencias: no soy un resentido social porque conocí la hondura del amor de mi “mamita”, a quien Dios la tiene en cielo; estoy seguro de ello. Recuerdo que una vez habíamos pasado el día sin comer; llegó la tarde y…. empezó a obscurecer. Le dijimos a mi mamá:
·        Mamita, ¡tenemos hambre!.
·        La mamá no tiene qué darles. Con un beso de mamá, a dormir se ha dicho.
Nos sonreímos, pero a mi mamá se le humedecían los ojos.
Mi mamá era de una conciencia tan delicada, que hacía verdaderos actos heroicos. En una ocasión llegó una señora anciana para ofrecerle que le comprara su casa por una cantidad irrisoria. Mi mamá le dijo:
·        “Señora, Ud. no sabe lo que está vendiendo”.
·        “Sí, por eso le vengo a ofrecer a usted que es mujer de buena conciencia”.
·        No, señora, eso cuesta mucho más; yo no puedo pagarle lo que realmente vale, no puedo hacerle ese daño a usted.
Mis hermanos le decían a mi mamá que la comprara. Podemos pagarle y salir de la pobreza. Mi mamá les dijo:
·        Tengo temor de Dios. Nunca voy a aprovecharme de la ignorancia y necesidad ajenas.
De esa calidad humana fue mi santa madre.

AL CERRO DEL CARMEN

El Sr. José María Guevara tenía algún parentesco con Mr. Alejandro Mann, constructor del primer sistema de alcantarillado de Guayaquil. Heredó del inglés el cerro Santa Ana. Todo el cerro hasta la calle Julián Coronel; hasta avecindar con la antigua cárcel. Mi madrina, doña María Elena León Tour de Cox, persona muy querida por mi madre, vivía en la Casa del Molino, en el cerro del Carmen, como ama de llaves del Sr. Guevara. Eran ya ancianos; vivían una desgarradora soledad. Para tener quien alegrara la casa, le pidió a mi mamá (ahijada también de mi madrina) que me enviara a vivir en la mansión solariega, para prepararme para la primera comunión. Al principio fui sólo; después fue mi hermana, y al final, también mi mamá. Allí tuvimos una vida feliz. Al pie del monte estaba la Iglesia y el convento de Santo Domingo, más conocido como San Vicente. Empecé a frecuentar este templo, y llegué a ser monaguillo.

MONAGUILLO DE SANTO DOMINGO

Toda mi alegría era acolitar las misas. No me cansaba de estar todo el tiempo libre en las cosas de Dios.
Viviendo en el cerro, fui matriculado en el Instituto “José Domingo de Santistevan”, regentado por los PP. Salesianos. Todo mi entorno era religioso. Rezábamos el rosario todas las noches. Recitaba el catecismo todos los días. Y como si esto fuera poco, yo me vestía con un camisón de mi mamá, y “celebraba misa”. Los fieles que participaban “en mis misas” fue el mejor auditorio que he tenido en mi vida: mi madre y mi hermana. Si alguna vez se reía mi hermana, por lo que había dicho en el “sermón”, me abalanzaba contra ella, le jalaba el pelo, mientras le decía: “No te burles del padrecito”.
Hubo un día una celebración especial en la iglesia de los PP.  dominicos. Seguramente fue la fiesta de la Virgen del Rosario. El señor Obispo, Mons. José Félix Heredia, iba a presidir la santa misa. Nos llamaron a todos los acólitos. Nos prepararon para acolitar en tal acontecimiento. Nos convocaron para iniciar el repaso un sábado, víspera de la fiesta, a las 2 pm. Yo llegué atrasado. Cuando me asomé por la puerta lateral, vi a los otros acólitos que jugaban y arrancaban los limones, tirándose como si estuvieran en guerra (los padres dominicanos tenían un muy hermoso huerto, con variedad de árboles frutales). Yo me quedé riéndome bajo el dintel de la puerta lateral izquierda, que conectaba con el convento de los religiosos.  Tales eran los gritos y las carcajadas de los acólitos, que salió un hermano, gritando furioso:
·        Muchachos, malcriados… qué se han creído. Bajó a castigar a los bullangueros, y como si se hubieran puesto todos de acuerdo, dijeron:
·        Ese fue el que empezó., señalándome a mí que había acabado de llegar.
El hermano estaba tan fuera de él que no oyó mis razones. Me castigó, me dio de bofetadas y otros malos tratos. Me gritó:
·        ¡No  quiero verte nunca más aquí, porque te saco a patadas!!!.
Para mí fue un dolor indescriptible que me hubieran sacado de la iglesia, que pensé que todo había acabado para mí. ¡No podría ser sacerdote!  Creo que pasó por mi cabeza tirarme barranco abajo. Pensé:
¡Ya nunca más tendría alegría!. ¡Ya no podría ser sacerdote!.
Debo aclarar que jamás tuve resentimiento con esos santos ministros de Dios. Por lo contrario, siempre tuve estrecha amistad con algunos de ellos. Además, después de estudiar la Historia de la Iglesia, llegué a conocer la hermandad que siempre ha existido, durante ocho siglos, entre las Comunidades dominicana y franciscana. Más aún, en cumplimiento de un voto hecho por mi padre, cuando recién nacido, y estaba para morir: 
·        Te prometo, San Vicentito, que mi hijo vestirá tu santo hábito, cuando haga su primera comunión-               
En el hecho que he relatado arriba, no veo sino la Providencia de Dios que quiso que yo fuera franciscano.
Tengo que dar gracias a Dios porque el dominico P. Caillet fue un benefactor de mi madre. Cuando mi mamá ya no tenía qué dar de comer a sus hijos, iba a la portería de Santo Domingo; el P. Caillet la ayudaba generosamente, sin jamás avergonzarla con su dádiva.
Fui a la Casa del Molino, le conté a mi mamá todo lo ocurrido. Le rogué que fuera a devolver la sotanilla que había llevado a la casa, para que mi mamá la lavara, almidonara y planchara.
Mi mamá, tan santa como era, me dijo estas palabras admonitorias:
·        Hijito, no te aflijas; algo quiere el Señor de ti, y está probando tu paciencia.
Mi padrino, Don José María Guevara, se encontraba enfermo en la clínica, y me había ordenado mi mamá, tres días después de este penoso acontecimiento, que le llevara unas ropas lavadas y planchadas, a la Clínica. Cuando esperaba para entrar, vi a un franciscano, alto, blanco, guapísimo, todo un “gringo”. Era el P. Manuel Moncayo Cruz, de la nobleza quiteña, quien me dijo:
·        ¿Qué hace aquí este niño?.
·        Estoy esperando entrar para visitar a mi padrino.
·        ¿No quisieras ser padrecito, quieres ser franciscano?
Los ojos se me inundaron de lágrimas de alegría. Volví a sonreír. Mejor diría, volvió mi alma al cuerpo. Empecé a ser lo que era. ¡Era posible ser sacerdote! ¡Aleluya!
Yo no sabía qué era eso de ser franciscano. Tenía alguna idea sobre San Francisco y San Antonio. Pero qué importaba: si para ser sacerdote tenía que ser franciscano ¡bienvenido sea ser franciscano!. Muy emocionado le contesté:
·        Sí, Padrecito, yo quiero ser sacerdote. Pero, le añadí:
·        Todavía no he terminado la escuela.
Estaba en cuarto o en quinto grado.
·        No, tú te vas, ya que aquí en la costa los niños se dañan muy pronto”.
Me pidió que le llevara a donde mi mamá. Ella tenía un respeto reverencial a los sacerdotes, que no era capaz ni de mirarlos a los ojos. El Padre Moncayo le dijo a mi madre:
·        Este niño quiere ser sacerdote franciscano: no hay que dejarlo aquí porque los niños se dañan muy pronto. Que se vaya a Quito”.
Mi santa madre le acotó: -Padrecito, mi hijito está muy chiquito; déjelo que termine, al menos, la primaria.
·        ¡No, no y no…! En Quito le harán un curso especial para que termine la primaria.
·        Dios habla por sus labios. Hágase la voluntad de Dios. Que se vaya, si es eso lo que el Señor manda.
Eso fue en septiembre de 1941. Se arreglaron las cosas para irme finalmente a Guápulo, parroquia vecina a Quito.
No sé cómo sucedió, pero se hicieron los arreglos para que mi hermana se fuera con la Madre Juanita Guerrero perteneciente a la comunidad Franciscana de San Diego, al internado de Salcedo. El Plan era que viajáramos juntos, acompañados por Madres Franciscanas.                                                                  Teníamos que irnos en el tren directo que salía a las 6 a.m. Mi hermana se fue a dormir en el convento de las religiosas; a mí tenían que llevarme mis familiares; pero… ¡nos atrasamos! .Llegamos cuando el tren ya había salido de Durán. ¿Qué hacer? . Resolvieron que me fuera, sin pensar en los imprevistos. Después de una hora salía a Quito el tren que se quedaba la noche en Riobamba. Al día siguiente saldría desde Riobamba a Quito. Me despidió mi mamá en un mar de lágrimas. Yo fui tranquilo, porque me iba a preparar para ser sacerdote. Recibí su bendición y. ¡al tren!
Llegamos a Riobamba a eso de las 5 p.m. Hubo un movimiento frenético. Todos corrían para ir a sus hogares. Algunas personas recibían a sus familiares, con risas, abrazos, besos y otros con lágrimas. Bajé también al andén con mi maletita vieja. En pocos minutos desapareció toda la gente.  Y yo, con los ojos desorbitados, no sabía para donde dirigirme.  Tenía miedo. Pensaba que podían matarme. En eso, asomó una señora sonriente. (SIEMPRE HE PENSADO QUE FUE LA SMA. ¡VIRGEN! . Me dijo:
·        Niño, ¿a dónde va? - Con la inocencia de un niño, le respondí:
·        Voy a hacerme padrecito franciscano.
·        ¿Dónde va a pasar la noche?
·        No sé a dónde ir.
·        Vamos a mi casa que queda muy cerca de la estación del tren.
Fui con ella. Me preparó una cena y una cama. Dormí plácidamente, sin tener ningún temor. Al amanecer, me despertó, me lavó la cara, me peinó, me dio desayuno y me acompañó al tren, como toda una madre.
El viaje fue para mí muy placentero. De almuerzo comí un par de guineos que los compré en El Milagro. Al final llegamos a Chimbacalle. La misma historia que en Riobamba: un corre corre de la gente, cargaban sus maletas, con tremendo afán como si temieran que el tren los volviera a llevar. Yo también bajé con mi maletita. En pocos minutos quedó el andén desolado. Mirando de un lado al otro. No había nadie. Puse mi maleta en el suelo, me senté a llorar. Es entonces que un hermano franciscano, Fr. Samuel Vargas (que Dios lo tenga en su gloria), sonriente, me vino a buscar. Fue una intuición de él:
·        seguramente salió en el tren mixto. Pobre niño, estará sufriendo sin saber a dónde ir - Por eso fue a buscarme.
Llorando lo abracé. Y en la camioneta del Colegio Seráfico me llevó a Guápulo.
Yo era un niño que tenía una pobreza completa. No tenía ropa para la sierra, mi madrecita hubiera querido darme todo el oro del mundo, pero era carente de todo.
Me moría de frío. Los padres entendieron y me ayudaron con enorme caridad.  Apenas llegado al Colegio, el padre Rector me permitió que me colocara junto a la enorme cocina de leña; me dio en préstamo un poncho…y después de un rato ¡a dormir!
ALUMNO DEL COLEGIO SERÁFICO DE GUÁPULO
Guápulo es una parroquia preciosa, recostada en las estribaciones de Quito. No hay planicie, exceptuada la parte que ocupa el santuario, las construcciones del colegio, la plaza pública y la huerta con jardines del convento. Está, más o menos, unos doscientos metros más bajo que Quito.  Se destaca el precioso templo colonial, seguramente diseñado por el “divino Herrera”. No lejos del parque, subiendo el empinado camino que conduce a la Capital, se encuentra la casa del pintor “Gorívar”, unas de las glorias de la escuela quiteña de arte.
En esa parroquia se encontraba el “Colegio Seráfico”.  Era algo así como el seminario menor de las Diócesis. Allí aterricé y el colegio llegó a ser como mi propia casa.
Como yo no había terminado la primaria, se inventaron una preparatoria, donde estuve con algunos compañeros que tenían casi el mismo problema. Confieso que siempre sentí el vacío por la falta de esos años de estudio.
Una de las cosas que me molestaba mucho es que en el colegio me llamaran “mono”. Pero tanto fue ese mote que ha llegado a gustarme.
En el colegio, a los recién llegados nos motejaban como los “chúcaros”, por tanto, había que amansarnos. Nos hacían el bautizo, nos tiraban a la piscina pública de agua helada, así no supiéramos nadar; nos arrastraban por las escaleras. Trabajábamos en la construcción del Colegio.                                      
¿QUÉ HA SIGNIFICADO SU PADRINO Y BENEFACTOR?
Él pagó todo, todo mi estudio y todo cuanto necesitara. Él fue como un segundo padre para mí. El señor Guevara era un señor riobambeño, pasaba solo en cama; era alto, delgado. Estudió en París; a más del francés hablaba perfectamente el inglés.
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¿Monseñor, usted era buen alumno?                                                                    
·        Yo era muy mal alumno; siempre sentí el vacío de la escuela.
·        ¿Pero en alguna materia se destacaba o le gustaba más?
·        Era muy malo para las matemáticas, las demás las pasaba; me gustaba mucho la historia.  Se podría decir que era más de letras que de números.

¿RECUERDA CÓMO ERA LA ENSEÑANZA Y DISCIPLINA?
Era profundamente religiosa con cáscara militar. Para todo íbamos en hileras. Tres veces por semana íbamos, a las 6 am. a la piscina municipal del pueblo; el agua era friísima; de lo frío salía un vapor de agua que era para congelarse. Al llegar a la piscina, el Padre Prefecto de disciplina nos daba la orden para romper las filas, a fin de buscar algún lugar para ponernos el Pantalón de Baño, mientras contaba: uno, dos, tres… hasta treinta, momento que teníamos que hacer fila alrededor de la piscina, esperando la orden para en seguidilla y a veces con estampilla (una patada en salva sea la parte) irnos tirando al agua. Nos dejaban nadar unos cinco minutos, para salir a jabonarnos, para luego de lavarnos volver nuevamente al baño. (Era tan frío, que preferíamos estar dentro del agua, que salir al aire gélido). Terminado el baño. Nos gritaban con voz militar: uno, dos, tres…. hasta cuarenta, cuando debíamos estar en la fila, para a la orden del jefe empezar el trote de regreso al Colegio. Nunca me dispensaron, ni por ser “mono”, de semejante cilicio. Nunca supe, después de semejante aseo, lo que es vestirse.
Íbamos al desayuno: mote con cáscara y café o agua-panela. Para variar, al siguiente día: café o agua-panela y mote con cáscara.
Cuando se había roto algo, nos ponían en fila. Nadie declaraba nada, nadie delataba a nadie. Entonces, en la noche, en vez de irnos a acostar, nos dejaban plantones por una, dos y hasta tres horas. Cada vez nos encaprichábamos más. Eso marcó nuestras vidas y nuestro espíritu solidario. Así aprendimos a defendernos mutuamente.

LA DEVOCIÓN A LA SMA. VIRGEN
La Orden Franciscana fue la gran defensora del dogma de la Inmaculada Concepción. Desde el Seráfico Padre San Francisco de Asís, San Antonio de Padua, San Buenaventura y, sobre todo el Doctor Sutil Beato Juan Duns Scoto, y durante seis siglos, el Papa Beato Pio Nono, el 8 de diciembre de 1.850 proclamó como dogma de fé el privilegio de la Inmaculada Concepcion de nuestra señora,los franciscanos defendieron este maravilloso privilegio de la Madre de Dios, Reina de la Orden Franciscana. Tome se en cuenta que el Beato Pio Nono perteneció a la Tercera Orden Franciscana.
Nuestra formación era mariana por antonomasia. Todos los días rezábamos la Corona Seráfica; el “Ángelus”, tres veces al día, lo mismo que las más queridas plegarias del pueblo cristiano. Los sábados, después del almuerzo, solíamos ir a la gruta de la Virgen para cantarle la “Salve, Regina” y el “Tota pulchra”  (Toda hermosa eres, María). Lo cantábamos con tanta emoción, que se nos humedecían los ojos.

EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN  
Solíamos confesarnos todas las semanas. En mis primeros años, solía ir a confesarnos el pintoresco P. Diego de Jesús Mestre, acompañado del inefable Salitas. Esta recepción contínua del sacramento de la penitencia nos fortalecía en nuestra adolescencia y juventud, lo mismo que en nuestro camino vocacional.
En cierta ocasión, viví una sequedad espiritual. Pensé dejar de comulgar diariamente. Para el efecto, al confesarme con P. Manuel Moncayo, a la sazón Párroco de Guápulo, le abordé mi problema:
·        Me siento muy frío, sin devoción, creo que comulgo por costumbre. Tengo miedo de perder la fe.
Escuchó el sacerdote con paciencia mi larga exposición. Con palabras convincentes me dijo:
·        ¿Has visto una varilla de hierro? Es fría, negra, dura.  ¿Alguna vez has estado junto a un herrero? Enciende el fuego en la forja, con el fuelle atiza el fuego hasta que llega a un grado de calor muy alto. Luego coloca sobre el carbón encendido, la parte de la varilla en la que va a trabajar. No pasan muchos minutos y el hierro frío se transforma en un objeto que parece un carbón, todo encendido, rojo, hirviente, maleable. El herrero con un guante muy grueso maneja la varilla, mientras con la otra mano, utilizando un pequeño combo, va moldeándola a su gusto. Termina siendo una obra de arte.
·        Así es la Sma. Eucaristía. Tu alma que está fría, tu conciencia tan dura, tu mente negra por el pecado. Jesús, el divino Herrero, mete tu alma en la forja de la Sma. Eucaristía, …. Y cuando menos pienses, te habrás hecho un santo. ¡Cuidado con el sofisma de tu frialdad! ¡Jesús puede cambiar tu vida! -.
Es esa la formación que recibimos para la gloria de Dios.
Somos verdaderos soldados espartanos, curtidos en el sufrimiento y capaces de hacer cualquier acto heroico, con tal de conseguir el honor para el Señor. Lo demás, sin orgullo, con humildad lo despreciamos.
En el Colegio Seráfico teníamos hasta el quinto curso. Si recibíamos la aprobación de los Superiores, nos trasladábamos a Quito, al Convento Máximo de San Francisco, donde entonces funcionaba toda la formación religiosa, iniciando por el noviciado. Los otros, los que no eran considerados aptos para la vida religiosa, se les entregaba su documentación completa, para que buscaran
matricularse en otro colegio, lo que no era tan fácil ya que el nuestro no tenía el reconocimiento del Ministerio de Educación.
En nuestro Colegio Seráfico, ni teníamos el sexto Curso ni nos graduábamos de bachilleres. Todavía en ese entonces regía un liberalismo anticlerical.
·        Siendo Presidente de la República el genial Dr. José María Velasco Ibarra, decretó que los colegios particulares podían liberarse de la ominosa custodia de los colegios fiscales.
Por una ley de gracia, quienes no nos habíamos graduado oportunamente, podríamos hacerlo, dando un examen de grado, que nos declaraba Bachilleres de República. Más aún, por esa ley de gracia, a quienes habíamos aprobado los estudios religiosos de Filosofía y Teología se nos reconocía el Título de Licenciados en Teología.
Toma del hábito franciscano
Terminado el quinto curso, fui trasladado al Convento Máximo de San Francisco de Asís, de Quito, para prepararme a iniciar la vida religiosa.  A la sazón, tenía 15 años. No había conocido la vida mundana ni el pecado. Era un alma virgen.
Recibí la librea franciscana el 30 de julio de 1.947. Fue un día muy feliz. Al fin, era franciscano: ¡se me abrían las puertas para ser sacerdote!
El noviciado ocupaba un ala independiente del inmenso convento. Las ventanas estaban cerradas, aseguradas con tornillos, los vidrios pintados; teníamos la prohibición de comunicarnos con ninguno de los otros religiosos. Si lo hubiéramos intentado, era causa para ser expulsados.
En el noviciado, intentamos conocer la espiritualidad e historia franciscanas, zambullirnos en el alma de San Francisco, imitar su humildad. conocer el espíritu religioso; nos enseñaron cómo había que andar, moverse con modestia, etc. Teniamos que pedir permiso para todo, contábamos con un maestro muy santo, el P. Antonio María Isasi (vasco), era un hombre de Dios, nos explicaba que “el religioso tiene que pedir permiso para todo, si fuera posible hasta para respirar”.
Yo era un “pobre monito” flaco, sin fuerzas ni musculatura. Un día encontré un trozo de viga de madera. Dije para mis adentros:
·        Con esto voy a hacer flexiones, tantas que en poco tiempo llegaré a ser musculoso-. Me preocupaba que pronto me tocaría el turno de servir a la mesa, en el enorme refectorio. Tenía que llevar una “tabla” donde cabían 12 platos soperos. No me sentía con fuerzas para ello.
Al encontrar el madero me lo llevé a mi celda, y de inmediato empecé a hacer flexiones. Algún chismoso le avisó al P. Maestro que yo tenía ese miserable y apolillado trozo de madera. Sonriéndose entró en “nuestra” celda; buscó por todos los lados y no encontraba nada. Estando de rodillas fui acercándome a la puerta tras la cual estaba mi “trampa”.
·        Levántese-, me dijo, y moviendo la puerta encontró el cuerpo del delito.
·        Qué es esto?
·        Padre, yo traje ese palo viejo, sin ningún valor, porque tengo miedo de servir a la mesa y no ser capaz de llevar la tabla con los doce platos.
·        ¿Con qué permiso lo ha hecho?
·        Sin ninguno.
·        Un Fraile Menor no tiene voluntad propia. Todo lo debe conocer el superior.
Salió de mi celda sin decirme nada más. Yo pensé:
·        Ya tengo permiso. Me sentí feliz.
Cuando llegó la conferencia de formación, empezó a hablar de la propia voluntad, que para un religioso es un sacrilegio.
·        Fr. Cerasuolo, traiga aquello que Ud. llevó a su celda, sin ningún permiso.
Fui a traer lo que ordenaba el P. Maestro. Cuando entré a la sala, cargando el viejo, roñoso, apolillado madero, que un tiempo fue parte de una columna nueva, estallaron las carcajadas de los compañeros. El P. Maestro me dijo:
·        Súbase en ese pedestal de su soberbia.
Sabiendo que P. Isasi, nuestro amadísimo maestro, era un hombre castísimo, pudorosísimo, me dije:
·        Hugolino, ésta es tu hora.
Y levantando toda mi pierna, vestida con calzoncillo de indio, pudo el padre ver mi entrepierna, por supuesto bien cubierta
·        ¡Basta, basta ya! Fr. Hugolino es un hermano muy sencillo. (El Padre Maestro no sabía que lo que había hecho era pura picardía).
Nosotros no hacíamos nada sin permiso, sin la orden del superior. Aprendimos a guardar silencio. Ejercitamos la virtud de la pobreza, a tal punto que a nada llamábamos propio: nuestro santo hábito, nuestro pañuelo, nuestro pan, nuestro cuerpo…. Yo mismo recibí un calzoncillo que había pertenecido a un anciano sacerdote.
Nos iniciamos en la oración, dando énfasis a la meditación. Aprendimos algunos de los diversos métodos; por supuesto, lo que más nos preocupaba era seguir el método afectivo, propio de nuestra Orden (“Mi Dios y mi todo”).
También estudiamos teología mística. La Santa Regla y las Constituciones de nuestra Orden.
En cuanto a la liturgia, aprendimos su parte práctica: ser buenos, fervorosos y elegantes acólitos.
Una vez al mes, hacíamos retiro en completo silencio, o lo que ahora llaman vivir el desierto.
Estudiamos el catecismo, el que debíamos recitar en el refectorio, delante de la comunidad, antes de emitir nuestros votos simples o temporales.
También hicimos un estudio somero de la Historia de la Iglesia
Nos enseñaron urbanidad y buenos modales
Teníamos un huerto donde se sembraban tomates de árbol. No es que tuviéramos demasiada hambre (¡hambre, sí!), lo hacíamos por broma: el P. Maestro tenía contadas las frutas que pendían de los árboles; nos gustaba hacerle un orificio a la fruta, luego la chupábamos, y finalmente las inflábamos para que parecieran normales.  Pero esas frutas caprichosas se arrugaban e iban ennegreciéndose.  Cuando el santo Maestro nos invitaba a un “paseo” por nuestro huerto, se fijaba en las frutas arrugadas y ennegrecidas, decía:
·        Qué raro, como hacen los pájaros ese daño.
·        Padre, mire cómo dejan los pájaros que se chupan todo, - lo dije con sorna; él me contestó:
·        “Sí, esos pájaros de cabeza negra”, refiriéndose a nosotros. Todos, incluido el Maestro. Nos reíamos a carcajadas.
¿Hubiera sido igual si llegaba a pertenecer a otra Orden Religiosa?
No hubiera sido lo mismo, talvez en ellas habría encontrado mayor seriedad, una vida más ascética. Los franciscanos somos muy alegres. Por naturaleza nos sentimos y somos los menores, nos sentimos bien con los pobres, con los que no cuentan para las estadísticas. Intentamos vivir en humildad.
¿Por qué siente Ud. que nació para ser franciscano?
Tengo la convicción que el Señor me llamó a este camino. Prueba de ello es el desenlace que tuvo mi amor a Santo Domingo.
Aprendí a amar a san Francisco, lo siento como mi verdadero padre.
Muchos me ofrecen con generosidad su casa, cuando deje de ser párroco en Urdesa Norte; les digo:
·        Yo soy fraile menor, mi casa es el convento. Por lo demás, desconozco los planes que Dios tenga para mí.
Cuando iba a recibir la librea franciscana, Tenía que cambiar de nombre, ya que en aquel entonces se creía que la vida religiosa era como recibir un nuevo bautismo. Esto lo cambió el Concilio Vaticano II.                                            
Pues bien, me dieron a escoger el nombre con el que en adelante iba ser conocido; yo me llamaba “Félix Vicente”, pero en adelante sería Fr. Hugolino,                                                        como  el primer Cardenal protector de nuestra Orden. Para los franciscanos es un nombre muy querido.
No podíamos salir del noviciado sin un compañero designado por el Superior, a quien denominábamos “ángel”.
A los 16 años hice los votos simples o temporales. Terminado el noviciado, pasábamos al “coristado”. Este nombre puede ser raro; pero no es más que una derivación de “coro”, porque rezábamos el Oficio Divino en coro, lo mismo que con nuestro canto en las misas de difuntos, ayudábamos a la economía de la casa.
ESTUDIANTADO FRANCISCANO-CORISTADO
El día 31 de julio de 1948, emití mis votos simples o temporales, por tres años. Tuve la sin par sorpresa y alegría de que mi santa madre, Ana María, participara en este momento importante de mi vida. Durante los seis años que estuve en el Colegio sólo recibí en dos años seguidos a mi tan querida hermana Maria Tifomena Gustosa. Fuera de ella nadie más me visitó. Tenía envidia de los compañeros que recibían visita cada semana o cada mes.
Ese mismo día, con los compañeros de profesión, nos trasladamos al Coristado.
Prácticamente, era salir de una puerta para entrar en la del frente. Ese cambio que parecía insustancial, cambiaba en mucho nuestras vidas. Habíamos llegado al estudiantado que culminaría, Dios mediante, con nuestra ordenación sacerdotal.
La etapa de estudiante tenía dos grandes momentos: dos años de filosofía y cuatro años de teología.
Dentro de estos años debíamos emitir nuestra Profesión Solemne, recibir la tonsura, las cuatro órdenes menores: lectorado, acolitado, portería y exorcismo. Después el subdiaconado y diaconado. Finalmente, el presbiterado u orden sacerdotal.
El Concilio Vaticano II suprimió la tonsura, las órdenes menores de portería y exorcismo, lo mismo que el subdiaconado.
Todo estaba condicionado al rendimiento en los estudios.
La filosofía fue la primera piedra que había que tallar y colocarla como cimiento del pensamiento profundo. La primera gran dificultad: las clases y los textos eran en latín, la lengua oficial de la Iglesia. Se nos hacía cuesta arriba. Casi gagueando empezamos a chapurrear la lengua de Virgilio. Nos tomó algún tiempo hablar fluidamente. Sin darnos cuenta llegamos a conversar en latín. Con ocasión de la canonización de San Maximiliano Kolbe, siendo yo Obispo Auxiliar de Guayaquil, estuve en Roma; me tocó entre dos obispos polacos. No sabía cómo comunicarme con ellos, hasta me atreví a chapurrear en latín. Me contestaron en un fluido y elegante latín. Así pude enterarme de muchas cosas de la Iglesia polaca, entre las cuales la que más me impresionó fue el saber que en Polonia eran los padres de familia los que enseñaban a sus hijos las verdades de la fe. Tenían la catequesis familiar, que yo logré imponer en Guayaquil y luego se expandió hacia las diócesis. Es una verdadera lástima que, sin el uso de la lengua del Lacio, hayamos olvidado casi totalmente su uso.
Durante la filosofía, tuvimos un excelente maestro: Fr. Bernardino Echeverría Ruiz, ofm. Era muy exigente, pero extraordinariamente humano. Sus clases eran una verdadera delicia.
En el período filosófico, estudiamos también sociología, el pensamiento social de la Iglesia, historia de la filosofía, algo de Biblia y otras de relleno, como biblioteconomía, urbanidad, etc.
Una vez al año hacíamos en público un debate sobre algún tema filosófico. El grupo se dividía entre “escotistas” (los más inteligentes), y los tomistas (los menos dotados), entre los cuales me encontraba yo. Me preparé muy bien, consultando viejos libros filosóficos. Llegada la hora, hablando sólo en latín, expusimos nuestros argumentos. Al día siguiente, Fr. Bernardino nos felicitó por el desempeño en el debate. Es entonces que me dijo:
Fr. Hugolino estuvo sobrado. Lástima que sus argumentos eran tomistas. No quiero que se quede con esas ideas. Quiso discutir conmigo, pero me sentí incapaz para rebatirle, y le dije:
·        Padre, yo sólo copié algunos textos de nuestra biblioteca.
·        No importa. Ud. Ha demostrado que tiene gran capacidad en su pensamiento. Aproveche los dones que Dios le ha dado.
Me sentí muy orgulloso y fue el empujón que necesitaba para vencer mi terrible complejo de inferioridad. Ese día me propuse salir adelante en mi formación académica.
La vida en el estudiantado era la de jóvenes, llenos de ilusiones, queriendo cambiar el mundo. Los estudios eran duros; nos mandaban lecciones de ocho o diez páginas del texto. Cuando no podíamos dar la lección, nos sacaban en cara la comida que nos servían, a la que no teníamos derecho por nuestra desidia en el estudio.
Para ayudarme en mi preparación, ingresé a la ACADEMIA LITERARIA INMACULADA CONCEPCIÓN. Al cabo de un año, me nombraron Presidente, cargo que lo mantuve hasta que fui ordenado sacerdote. “Publicábamos” una revista mensual, de un solo ejemplar; hacíamos disertaciones, aprendíamos a hablar en público, ejercicios poéticos, concursos literarios. Recuerdo que en uno de esos concursos obtuve el primer premio con la prosa poética “Alerta, corazón”. Para nosotros fue una verdadera palestra que nos preparaba para el uso de la Palabra.
Los días jueves no teníamos clase. Solíamos salir de paseo. Algunas veces visitábamos el leprocomio, otros días hacíamos caminatas verdaderamente extenuantes. Todo lo cual disipaba la mente cansada en el estudio filosófico o teológico.
En cierta ocasión fuimos en el carro de San Fernando, “unas veces a pie y otras andando”, hacia el Estudiantado “Loyola”, de los PP. Jesuítas. No nos recibieron porque estaban haciendo meditación. Mis compañeros me insultaron porque yo quería que nos conociéramos y fuéramos amigos quienes después seríamos servidores del Pueblo de Dios.
Nos regresábamos amargados, y al pasar por la FAE nos dijeron:
·        Padrecitos, vengan a jugar un partido de voley-ball.
·        Encantados.
Jugamos un reñido partido que al final lo ganamos con la ayuda de Dios, a pesar de que nosotros lo hicimos vestidos con nuestros hábitos y sandalias franciscanos.
No lo esperábamos, pero al final nos dieron refrescos, un sánduche, y muchas acciones de gracias por haberles aceptado la invitación. Finalmente pusieron a nuestra disposición un autobús para que nos devolviera al convento.
También hacíamos nuestras jugarretas. Nuestro patio colindaba con el gallinero del convento. Pues hicimos muy a ras del piso un orificio suficiente como para que pasara una gallina; les poníamos un poco de maíz y las gallinas venían a poner los huevos a nuestro lado. Naturalmente que los endurábamos en un reverbero y los hacíamos desparecer en nuestros vientres.
También teníamos el taller de tipografía“La Violeta”, donde Fr. Serafín Cartagena, después fue Superior Provincial y Obispo Vicario Apostólico de Zamora, era el jefe. Allí teníamos una muy pequeña prensa y tipos de letras, donde se publicaron manuales de oraciones y varias obras más. Allí nos reuníamos, después de haber cazado algunas tórtolas, para hacer un caldo de pichones, que nos sabían deliciosos, a pesar de que no tenían condimentos, si acaso algo de sal. Es delicioso lo prohibido.
Todos los estudiantes formábamos el coro Franciscano, famoso en Quito. Cantábamos en las misas de difuntos. Las misas eran solemnes, extras y súper extras, de lo que dependía el canto: un solo cantor y el organista, o un grupo de cantores, o todo el estudiantado, cantábamos misas a tres y cuatro voces; interpretábamos a Perosi, Réfice, P. Alberdi, etc., en cuyo caso nos daban un sánduche de pernil. Si había dos misas de éstas, nos dispensaban las clases desde la 10 a.m. hasta las 12pm. La Comunidad era muy pobre, por lo que éramos los estudiantes quienes financiábamos con nuestro canto las diversas necesidades de los hermanos.
Los hermanos no clérigos iban a pedir limosna en los mercados, restaurantes, etc. Les daban panes viejos mordisqueados, huesos agusanados. Todo eso nos servían y lo comíamos “haciendo de tripas, corazón”. Nos obligaba a hacerlo la proverbial pobreza franciscana.
Cumplidos los años de votos simples o temporales se emitían los votos solemnes o perpetuos. Como yo no había cumplido, para entonces, los 21 años, tuve que esperar hasta el 7 de abril de 1953. Para la ocasión hacíamos algo así como un testamento para renunciar a los bienes tanto actuales como los que se pudieran adquirir en el futuro.
Continuamos nuestros estudios que adquirían desde entonces un anuncio de la cada vez más cercana ordenación sacerdotal.
Durante los años de formación, íbamos ahondando en seriedad nuestra vocación. Intentábamos comportarnos acorde con nuestros reglamentos, por convicción, no porque nos vigilaran.
ENFERMEDAD Y MUERTE DE MI SANTA MADRE
Estaba por cumplir aproximadamente 17 años, cuando mi hermana María Trifomena me comunicó que a mi santa madre le habían encontrado un cáncer en el útero. Esta noticia me alarmó terriblemente, que sentí que el proyecto de mi vida tambaleó. ¿Qué podía hacer para ayudarla? . Entré en un túnel sin salida.
Mientras tanto, mi madrecita fue operada en el Hospital Vernaza; pero el resultado sólo fue temporal, ya que un par de meses después volvió a reproducirse con mayor virulencia el cáncer, que hizo metástasis en diversas partes del cuerpo.
Comuniqué el particular a mis Superiores. Me dijeron que rece mucho por ella, que ofrezca al Señor el sacrificio de no poder acompañarla y que me mantenga en paz.
·        Pero… yo quiero verla, recibir sus consejos y su bendición, - le dije al P. Maestro.
·        No es posible darle la autorización para que vaya a Guayaquil.
·        Pero, Padre… ¡se trata de mi madre!
Me puso en la puerta y la cerró. Me fui mascullando mi rabia y resentimiento. Pensé muchas cosas en mi desesperación: …¡huirme!, sí, ¡huirme!. Pero ¿a dónde iba a ir? No tenía ni un centavo. ¿Irme con el santo hábito, pidiendo limosna?  ¿cuándo llegaría? Al fin, me decidí a hablar con el P. Provincial, un santo sacerdote de origen colombiano, P. Francisco M. Roldán.
Obtuve permiso para comunicarme con él. Me escuchó con muchísima amabilidad. Me dijo:
·        Aquí no hay costumbre de que los “coristas” vayan a despedirse de sus padres que iban a morir. Creo que eso no se opone a nuestras reglas. Vaya y dígale al p. Guardián, P. Jorge Mosquera, quien después fue Superior Provincial y finalmente, Obispo Vicario Apostólico de Zamora que yo le he dado permiso para que acompañe a su mamacita.
Tuve tanto miedo de hablar con él, pero me decidí a hacerlo,  llevando una carta oculta bajo la manga, en caso de que él no aceptara  el permiso concedido por P. Provincial: entregarle el  santo  hábito y decirle que me desvinculaba de la Orden. Era un decisión heroica, puesto que siempre había soñado con ser sacerdote franciscano.
Por fin, hablé con el P. Jorge Mosquera, quien me dijo:
·        No estoy de acuerdo que Ud viaje a Guayaquil; pero si el P. Provincial ya le ha dado permiso, no puedo oponerme a su voluntad. Sepa que en Guayaquil no puede quedarse en su caso. El convento es su residencia, y de allí debe ir cada día a verle a su mamacita. No puedo ayudarle con dinero.
Le conté todo esto a mi compañero Fr. Julio Herrera Carrillo, quien dijo:
·        Consuélese, “monito”, acepte la voluntad de Dios. Yo creo que puedo conseguirle un boleto para que vaya en avión. Mis amigos las Hnos. Arias están iniciando una compañía -ÁREA-, yo sé que ellos no me negarán este favor. Así fue.
En el momento de salir del convento para venir a G uayaquil , el santo hermano no sacerdote, Fr. Nicolás Pazmiño, Ecónomo del Convento, me manifestó su dolor por la salud de mi santa madre. Me puso en las manos unos billetes, más o menos doscientos sucres, que en ese entonces era una cantidad considerable,  y me dijo:
-Es lástima que le va a faltar. Ya le ayudarán nuestros padres en Guayaquil.
Salí con grande sufrimiento porque no sabía si volvería a pisar esos claustros. Llevaba un profundo resentimiento con quien quiso impedir que fuera al lado de mi santa madre.
Como me habían ordenado, fui primero al convento donde me asignaron una celda. Luego tenía que conocer la dirección de la casa donde estaba mi mamá, ya que antes teníamos la propiedad en la Av. 9 de Octubre y Tungurahua. No recuerdo cómo di con la casa en la calle Julián Coronel, frente al cementerio..
Encontrarme con mi santa madre, abrazarla, besarla fue de una emoción indescriptible. Verla muy delgada, sin dentadura, me causó tanto dolor. Para pagar los gastos de la enfermedad tuvieron que vender todo lo poco que tenían: Sólo quedaba la humilde cama de mi santa madre y ninguna silla, ni mesa, ni guardarropa.
El cáncer la iba terminando. Sentía fuego en la espalda; pedía que le pusieran en el  suelo, para que el frío del entablado le diera algún alivio.
Entonces, tuve una muy triste experiencia: El dinero que me dio el Hno. Nicolás Pazmiño, al salir del convento central de Quito, lo guardaba en mi celda, con llave, para no malgastarlo. Pero alguien se lo robó. Debió ser alguno de los empleados. Jamás pensé que podría un religioso. Pero me dolió, dadas las circunstancias en que me encontraba.   
No hice más que llorar.  No reclamé porque pensé que si lo hacía los religiosos se sentirían mu mal.
El P. Rogerio Fajardo se dignó ir a mi pobre casa  para confesarla, darle los santos Óleos,  y  darle la Sagrada Comunión.
En esos pocos días que pudimos estar juntos, muchas veces solos, pude conversar de tantas cosas. Me contó su vida y sus sufrimientos.
Por otro lado, yo llevaba una agenda oculta: en pocos días más iba a cumplir mis 18 años. Iba a ser ya ciudadano, hombre adulto. Ese día le diría a mi mamá que no quería seguir siendo religioso. Temía que mi madrecita se agravara por mi culpa. Ella me ahorró ese sufrimiento:
-Mi hijito, ¿cómo te encuentras en el convento? ¿Te sientes con vocación? Mira, hay sacerdotes que son escándalo para  los católicos; yo no quiero que tú seas de esos. No quiero que te quedes en el convento por no contrariarme a mí. Nosotros somos pobres, pero haremos todo lo posible para que estudies y seas un profesional.
Sentí el deseo de decirle que estaba resentido con mi Comunidad por la forma en que el P. Guardián había tratado de impedirme que la viera antes morir. Aunque faltaban 3 ó 4 días para mi cumpleaños, me empeciné en esperar mi cumpleaños para hablarle del tema. Después entendí cual era la voluntad de Dios. 
El 3 de abril me visitó el Sr. Miguel Díaz Granados para invitarme  a  almorzar, al siguiente día, en su casa, para festejar mi cumpleaños. El día 4 de abril mi mamá se puso mal. Le dio un colapso que creí que había muerto. Pero se recuperó. Le dije:
-Mamita, creo que no debo irme al almuerzo, ya que Ud. se encuentra bastante mal.
-Hijito, Tú vas a ser sacerdote y como tal eres hombre para el sacrificio. Ellos habrán hecho gastos. Es mejor que vayas a la invitación. No me ha de pasar nada.
Me fui con mucha repugnancia. Cuando estábamos en la sobremesa, llegó mi hermana Marujita, vestida de luto; al abrazarme me dijo:
-Murió mi mamita; es lastimoso que no hayas estado junto a ella.
No hice más que llorar. Tuve la sensación que  todo había muerto a mi alrededor. No pude hablar con mi santa madre. Mi hermano Manuel Antonio -Manuelito- fue el enfermero que la cuidó con enorme sacrificio. Salía unas horas a trabajar y volvía a seguir el proceso de la enfermedad.
Dura la situación de mi familia. Por nuestra pobreza no podíamos darle lo que necesitaba mi mamá. Ella sufría con paciencia, rezaba de continuo, especialmente el rosario.
Mi santa madre quedó en el ataúd con una bellísima sonrisa.
Se hicieron los trámites para su entierro. No sé de dónde salió el dinero para estos menesteres. Para mi admiración, hubo muchas personas que acompañaron al velorio. Se vio el cariño que la gente le tenía. Era mujer humilde, sencilla, dispuesta a hacer el bien a todos. En una palabra, era una madre santa.
Una vez que la habíamos inhumado, volví a poner los pies sobre la tierra. Tenía que regresar a Quito, ya que yo seguía siendo religioso franciscano. Me costó hacerlo, pues, seguí pensando en dejar mi comunidad. Fue un período duro, lleno de incertidumbres, sin tener claro de lo que iba a hacer de mi vida. Me dediqué a estudiar  matemáticas que era mi gran debilidad. La filosofía quedó en receso. Los maestros fueron muy comprensivos conmigo. Me alentaban de  muchas manera.
Pasados uno o quizá dos meses, sentí la necesidad de confesarme. Lo hice con P. Enrique Pesántez. Le conté mi historia, mis luchas y mis planes. Cuando terminé de exponerle mi situación, me dijo con mucha claridad:
-Mira, chico, aquí todos estamos libres. Si tú quieres, te vas. Nadie te va a reprochar nada.  Detente a reflexionar. ¿Sientes que tienes vocación?  Aún así quedas en libertad para decirle a Dios, Pero, estás siendo  acosado por Dios.
-No  quiero ir por ese camino.
-Y Dios te está acosando. Tú pensaste en decirle a tu mamacita que no querías seguir la vida religiosa; te propusiste decírselo el día de tu cumpleaños. ¿Cuánto tiempo faltaba para eso? . dos o tres días. Y cuando llegó esa fecha, empezaste a dar rodeos para darle la estocada fina
-Dios te quiere sacerdote. Tú sabrás, si después de todo, te opones a la Voluntad de Dios.
Sentí una paz extraordinaria. Iba seguir el camino de Dios.
ÚLTIMA PARTE DE MI CORISTADO
Retomé los libros de mis estudios: Teología Dogmática, Sagrada Escritura, Derecho Canónico, Teología Moral, Historia de la Iglesia, Liturgia, Pensamiento social de la Iglesia, etc.
El 7 de abril de 1952 emití mis votos solemnes o perpetuos: de obediencia a mis Superiores legítimos, de pobreza por el que no puedo tener nada propio, y el de castidad por el que             me comprometí a vivir en pureza y a no contraer matrimonio. Me consagré al servicio de Dios, para toda la vida. Este fue un paso trascendental: desde ese día yo pertenezco a la Orden Franciscana Observante, y la Orden me pertenece a mí. Ya nada de lo que pase en este Comunidad me puede ser indiferente. Para llegar a eso, aprendí a amar a Nuestro Seráfico Padre San Francisco de Asís con toda mi alma, me he empeñado en imitar sus virtudes. Todo lo franciscano es parte de la esencia de mi ser.
Casi en seguidilla fui recibiendo la tonsura y las cuatro Órdenes menores; el subdiaconado, el diaconado y presbiterado. El Concilio Vaticano II suprimió la tonsura, las órdenes menores de la portería y el exorcismo, y la Orden mayor del subdiaconado.
Cuando fui aprobado para que recibiera el Presbiterado, pedí audiencia para hablar con el Ministro Provincial, a quien le manifesté que me sentía muy joven para asumir la responsabilidad inmensa del sacerdocio ministerial. Que me parecía que podía esperar un par de años, mientras hiciera la experiencia del diaconado en cualquiera de  nuestras casas.
-¿Qué me dice Ud.?, -me respondió el P. Provincial- espere un momento.
Fue al archivo y sacó mi expediente.
¿Ud. Firmó esto? –me mostró el m documento en el que había firmado la constancia de que me comprometía a recibir las sagradas Órdenes cuando los Superiores lo juzgaren conveniente.
-Sí, Padre.
-El Superior lo juzga apto. Su ordenación sacerdotal será el 29 de junio de 1.954. ¿Acepta?
-Sí, Padre.
-Que sea un santo sacerdote.
-Con la gracia de Dios me empeñaré en serlo.
Después de haber cometido tantos pecados y de haberme levantado tras cada caída, sólo Dios sabe si estoy cumpliendo ese gran anhelo.

¡¡¡SACERDOTE PARA SIEMPRE!!!
Fuimos 6 compañeros los del último año. Sin embargo, 2 de ellos sufrieron un retraso de tres meses para la ordenación sacerdotal.
Nos preparamos con muchísima ilusión. Durante cerca de un año, todos los días aprendíamos a celebrar misa. Estudiábamos minuciosamente el ceremonial franciscano y lo poníamos en práctica.
Si era grande la preocupación por la realización de la liturgia eucarística, mayor fue el empeño por pensar en la sublimidad del sacerdocio. Que unos pobres e imberbes pecadores pudiéramos consagrar el pan ofrecido al Señor, para convertirlo en el Cuerpo y la Sangre, en el alma y la Divinidad del Señor Jesucristo, nos anonadaba. Era el milagro de la “transubstanciación” realizado por nosotros, o mejor por el Señor Jesucristo con nosotros.